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articulos, textos y televisión

En mi blog  pasionviajera podéis encontrar más artículos, así como reflexiones, vivencias, comentarios sobre libros y películas.

 

Intervenciones en programas de divulgación en televisión

 

 

 

 

Con Herodoto en la guerra (mayo 2003) RYSZARD KAPUSCINSKI
 

EL PAÍS |  Opinión

La guerra es la degradación del hombre al mismo nivel que la bestia. Cada guerra es una derrota para todos. No hay ningún vencedor. He visto muchas guerras, pero recuerdo especialmente cómo acabó la II Guerra Mundial. Hubo unos días de euforia, pero luego fue saliendo a la luz la enorme infelicidad que la acompañaba: los mutilados, los niños huérfanos, las ciudades heridas y arrasadas, la gente irremediablemente enloquecida.

La guerra no termina el día en el que se firma el armisticio. El dolor persiste mucho tiempo. Existe un cuento del escritor polaco Jerzy Andrzejeswki que se titula El verdadero final de la gran guerra. El verdadero final de la guerra se produce muchos, muchos años después de la declaración oficial. En el fondo, la guerra no acaba nunca. La guerra es consecuencia de la interrupción de las comunicaciones entre los hombres. No hay que olvidar nunca que la capacidad de comunicarse es la esencia de la humanidad. A veces, en momentos como éstos, uno siente la necesidad de salirse de la corriente del río y sentarse en la orilla a observar las cosas desde fuera. Los acontecimientos se suceden, veloces y caóticos, y engendran remolinos contradictorios e incomprensibles. Es preciso aprender a mirar bajo la superficie, donde todo va más despacio y es posible intentar captar la naturaleza profunda de la historia que estamos viviendo, lo que Fernand Braudel llamaba "la larga duración".

Yo quería escribir un libro sobre la globalización. En el último año y medio he vuelto a viajar por el mundo para recoger material y hablar con la gente, sobre todo en Latinoamérica. Pero me he dado cuenta de que este mundo cambia tan deprisa, de forma tan radical y violenta, que no puedo escribir ningún libro ni dar ninguna descripción convincente. No hay tiempo para hacer alguna reflexión profunda desde fuera. Y, sin embargo, estoy convencido de que lo que hace falta es precisamente intentar hacer una reflexión serena sobre el mundo. Ahora bien, para hacerla, es preciso distanciarse de los acontecimientos, encontrar una perspectiva más amplia y elaborada. Eso es lo que estoy haciendo ahora. Y para ello me he puesto a seguir los pasos de Herodoto: el maestro de todos nosotros, el primer reportero, un fenómeno único en la literatura mundial.

Herodoto fue el primero que entendió que, para comprender y describir el mundo, hace falta recoger gran cantidad de material y, para ello, uno tiene que salir de su tierra, viajar, conocer a personas que nos relaten sus historias. Nuestra escritura es el resultado de lo que hemos visto y de lo que nos ha contado la gente. Los reporteros somos el resultado de una escritura colectiva. El material de nuestros textos lo constituyen los relatos de cientos de personas con las que hemos hablado.

Herodoto no describía el mundo como hacían los filósofos presocráticos, partiendo de su propio pensamiento, sino que contaba lo que había visto y oído en sus viajes. Su filosofía consistía en que hay que moverse y descubrir ideas nuevas. Estaba convencido de que las culturas se mezclan y que, incluso cuando hay un conflicto, no tiene por qué ser un aniquilamiento. Herodoto polemiza con sus compatriotas, demuestra y prueba, por ejemplo, que los griegos, sin la cultura egipcia, no serían nada. Ninguna civilización existe de forma aislada: hay una interacción constante. Es un cronista y, al mismo tiempo, un patriota griego. Pero nunca emite una palabra de odio. Nunca usa términos como enemigo o aniquilamiento. El lenguaje del odio no tiene lugar en sus escritos. Escoge palabras dramáticas, que sirven para mostrar la desgracia humana dentro del conflicto. Lo que más le importa es destacar las razones de las dos partes. No juzga, da a los lectores las facultades y los materiales necesarios para formarse su propia opinión. Muchas veces, más que de cronista, tiene actitud de estudioso: después de narrar, se hace preguntas.

Todo se basa en un interrogante dramático: ¿por qué se hace la guerra? Oí hablar por primera vez de Herodoto cuando estudiaba historia en la Universidad de Varsovia, pero estábamos en el periodo estalinista y sus libros, aunque estaban traducidos, permanecían guardados en las cajas de la editorial. Porque su obra es una gran apología de la democracia, una acusación contra sátrapas y tiranos. Muestra que la guerra era el conflicto entre la democracia y la dictadura, y que la primera venció porque los hombres libres están dispuestos a dar la vida por conservar su libertad. En aquella época, en Polonia, publicar un libro que exaltaba la democracia y la libertad, y que condenaba las dictaduras orientales, era imposible. Hubo que esperar a 1954, tras la muerte de Stalin y en un clima de tímida liberalización, para que se publicaran las Historias.

En 1956, recién terminados los estudios, tuve posibilidad de partir al extranjero por primera vez, a India, Pakistán y Afganistán, enviado por el periódico de las juventudes comunistas, El Estandarte de los Jóvenes. La directora me regaló para el viaje un ejemplar de las Historias de Herodoto. Con aquel libro inicié mi viaje en el periodismo, empezando por una escala de dos días en Roma. Italia fue el primer país que veía fuera del bloque soviético. Desde arriba, me acuerdo, vi una ciudad toda iluminada. Me hizo una tremenda impresión que aún hoy me dura. Y aquel libro me ha acompañado en todos mis viajes. Incluso ahora lo llevo siempre conmigo, como fuente de inspiración, reflexión y placer. Un modelo de objetividad e información completa para nuestro oficio de "investigadores del mundo".

Para muchos, este trabajo no es más que una forma de ganar dinero, pero también hay muchos jóvenes que se preguntan sobre lo que hacen y buscan maestros y ejemplos (lo veo constantemente en los contactos que mantengo en la universidad, durante conferencias y presentaciones de mis libros). El libro sobre Herodoto será para ellos: lo veis, diré, hace 25 siglos, vivió un hombre que comprendió que el periodismo es un oficio que debe practicarse con escrúpulos, honradez y respeto, y que combate contra el partidismo y el chauvinismo. Herodoto quiso presentar el mundo como un lugar habitado por personas que pueden y deben vivir juntas y en paz.

Mi trabajo es una misión y debe estar sujeto a unos valores; debe ayudar a mantener el equilibrio del mundo, un orden no sólo político, sino ético. La guerra de Irak tiene muchas facetas. Una de ellas, por ejemplo, es la guerra televisiva entre Al Yazira y CNN, una gran guerra de manipulación. Un conflicto de propaganda a través de los medios. Cada uno intenta mostrar la guerra que le conviene para sus fines (tanto nacionales como internacionales). No es ninguna cosa nueva. Hace unos años, un amigo mío, el gran periodista Philip Knightley, escribió un libro que todos deberían hoy releer: The first casualty (La primera víctima). En él, Knightley muestra que las informaciones sobre las guerras, desde la de Crimea hasta la de Vietnam, siempre se han manipulado. Los re-porteros contaban los hechos de forma bastante objetiva, pero, cuando las noticias llegaban a las sedes de los periódicos, en Londres o París, se distorsionaban completamente, por razones políticas o de conveniencia. De forma que los datos que figuraban en el papel impreso no tenían ninguna relación con la realidad. Si en una página se colocara la información que contaban los diarios y, en la de al lado, los hechos que de verdad habían ocurrido, se descubrirían dos historias opuestas.

La primera víctima de cualquier guerra es la verdad. Y sigue siéndolo hoy. He estudiado los comunicados de prensa de la guerra de 1972 entre Israel y Egipto. De creer lo que decían, las dos fuerzas en combate habían destruido recíprocamente tres veces los medios reales del enemigo. En cuanto comienza un conflicto, lo que interesa no son las noticias, sino sus efectos psicológicos. Así se entiende mejor, por ejemplo, la continua destrucción de la verdad llevada a cabo en Rusia, desde la Revolución bolchevique hasta la caída de la URSS, e incluso después. Rusia es un país que siempre se ha sentido en guerra, rodeado de enemigos. Por consiguiente, no podía haber más que una manipulación constante de los hechos: nada de objetividad, sólo propaganda. Hoy, la máquina que selecciona las noticias y las manipula tiene que ser mucho más potente, porque todo ocurre bajo la mirada de las cámaras de televisión. Todo el mundo puede sentirse implicado emocionalmente desde su casa.

Hay que tener presente que en mí han convivido dos oficios: el periodista de agencia de prensa (la agencia polaca Pap) y el historiador-escritor. Ser corresponsal, un trabajo agotador, era mi única forma de tener dinero para viajar. Ahora bien, como periodista, tenía que estar sujeto a los criterios de brevedad y ahorro. No podía ofrecer un cuadro completo de la situación, en mis artículos no había sitio para las sensaciones, el trasfondo de las cosas, las reflexiones, los paralelismos históricos. Trabajaba en los países del llamado Tercer Mundo y redactaba informaciones muy "pobres". Reducía todo a los hechos desnudos. Pero así impedía que mis lectores obtuvieran un sentido de las proporciones. Fuera de su alcance quedaba un mundo inmenso. Por eso empecé a escribir libros. Volvía de los viajes con un material riquísimo que me permitía, en mi casa de Varsovia, explicar con calma el mundo de aquellos hechos que antes sólo había contado telegráficamente.

Nunca he escrito mis libros sobre el terreno ni al instante; algunos, muchos años después. Sólo así podía entrar, como Herodoto, hasta el fondo de las cosas. Lograba superar el carácter telegráfico de los despachos de agencia empleando un lenguaje distinto. Mis viajes de trabajo se convirtieron en la forma de recargar las baterías del historiador-escritor. Cuando tenía un día libre, tomaba apuntes o cogía la cámara de fotos para fijar (como se ve en mi álbum Desde África) rostros, colores y todas las cosas que, por desgracia, no es posible describir con números y datos. Siempre he intentado unir el lenguaje rápido de la información con la lengua reflexiva del cronista medieval. Mis libros y mis fotos tienen sabor de autenticidad porque estuve verdaderamente en esos lugares, viví esas situaciones, a veces incluso con riesgo para mi vida.

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Los cinco sentidos del periodista Ryszard Kapunscinski

EL OFICIO: LOS PERIODISTAS Y LOS TRABAJADORES DE LOS MEDIOS

Hace 50 años este oficio se veía muy diferente a como se percibe hoy. Se trataba de una profesión de alto respeto y dignidad, que jugaba un papel intelectual y político. La ejercía un grupo reducido de personas que obtenían el reconocimiento de sus sociedades. Un periodista era una persona de importancia, admirada. Cuando andaba por la calle, todos lo saludaban.

Algunos de los mayores políticos del mundo contemporáneo empezaron su carrera como periodistas y siempre se sintieron orgullosos de ello. El británico Winston Churchill trabajó como corresponsal en África antes de convertirse en uno de los grandes estadistas del siglo XX; lo mismo sucedió a algunos escritores como Ernest Hemingway, por ejemplo. Estos grandes hombres siempre reconocieron que sus carreras comenzaron en el periodismo, y nunca dejaron de sentirse periodistas. Pero eso cambió en los últimos 20 años, a partir de una tremenda transformación en las prácticas de este oficio. El periodismo escrito contemporáneo representa apenas una reducida porción del gran mundo de los medios. En ese campo, que además se halla en perpetua expansión, nosotros, los periodistas gráficos, ocupamos escaso lugar. Cada día es mayor el número de quienes se emplean en la televisión, especialmente entre los medios audiovisuales. A ellos se les aplica la denominación de media worker, ya que eso son trabajadores de losmedios masivos.

A diferencia de aquel periodista de hace 50 años, este trabajador de hoy es una persona anónima. Nadie lo conoce, nadie sabe quién es. Eso se debe al cambio más importante que sucedió en sus rutinas de trabajo: el producto final que crea un trabajador de los medios masivos no es de su autoría sino que constituye el resultado de una cadena de gente como él que participó en la construcción de una noticia. Cada noticia que se emite por CNN ha sido trabajada por 30 o 40 personas anónimas; tanta gente participó en el proceso de transformar el material que no se puede establecer un autor de aquello que finalmente se vio en la pantalla de televisión.

Como consecuencia, en esta profesión se perdió algo tan central como el orgullo de lo personal. Ese orgullo implicaba también la responsabilidad del periodista por su trabajo: el hombre que pone su nombre en un texto se siente responsable de lo que escribió. En cambio, en la televisión y en las grandes cadenas multimedia, de igual modo que en las fábricas, esta responsabilidad personal ya no existe.

UN MUNDO VIRTUAL

Al mismo tiempo, la relevancia de los medios crece a medida que avanza el siglo. Los jóvenes periodistas que hoy se desempeñan en el pequeño territorio de la prensa escrita van a trabajar en una civilización donde nuestra tarea importará cada día más por dos razones: la primera, porque es una profesión a través de la cual se puede manipular a la opinión pública; la segunda, porque los mecanismos de los medios construyen un mundo virtual que remplaza al mundo real.

La manipulación de los modos en que piensa la gente, una práctica de enorme difusión, se emplea en numerosos sentidos y medidas. Ya no existe la censura como tal, con excepción de ciertos países; en su lugar se utilizan otros mecanismos —que definen qué destacar, qué omitir, qué cambiar— para manipular de manera más sutil. Eso importa a los poderosos de este mundo, siempre tan atentos a los medios, porque así dominan la imagen que dan a conocer a la sociedad y operan sobre la mentalidad y la sensibilidad de las sociedades que gobiernan.

Con respecto a la construcción del mundo virtual, es valioso recordar que hasta 30 o 40 años atrás hombres y mujeres conocíamos la historia que nos enseñaban en las escuelas y a través del relato de nuestras familias, dos vertientes que formaban parte de la memoria colectiva de las sociedades a las que pertenecíamos. Hoy, en cambio, con el desarrollo de los medios, vivimos en un mundo donde la historia se ha vuelto doble, donde conviven dos historias simultáneas: aquella que aprendimos en la escuela y en la familia, de manera personal, y la que nos inculcan los medios, que fijamos —a veces subconscientemente— a través de la televisión, la radio, los métodos de distribución electrónica. El gran problema se presenta cuando, con el tiempo, esta acumulación de construcciones de los medios nos hace vivir cada vez menos en la historia real y cada vez más en la ficticia. Es la primera vez que algo así ocurre a la humanidad. Enfrentamos un fenómeno cultural del que no sabemos cuáles podrán ser sus consecuencias.

La revolución de los medios ha planteado el problema fundamental de cómo entender el mundo. Convertida en una nueva fuente de la historia, la pequeña pantalla del televisor elabora y relata versiones incompetentes y erróneas, que se imponen sin ser contrastadas con fuentes auténticas o documentos originales. Los medios se multiplican a una velocidad mucho mayor que los libros con saberes concretos y sólidos.

Como ejemplo tenemos los trágicos acontecimientos que tuvieron lugar en Ruanda en 1994. Una de las masacres más grandes del siglo XX sucedió durante tres meses en un país pequeño y desconocido, muy adentro del enorme continente de África, de estructura sociológica muy complicada, con una historia cultural y étnica peculiar que muy pocas personas conocían. También es muy poca la gente que sabe lo que realmente pasó allí: algunos académicos, algunos especialistas en asuntos africanos. Un grupo muy reducido que quedó ciertamente asombrado de la falsedad con que se dio a conocer el horror que vivió Ruanda cuando la noticia se difundió por el mundo.

Millones y millones de personas en todos los continentes aprendieron una historia irreal de esos acontecimientos a través de las noticias que mostró la televisión. Esa construcción ficticia fue la única historia que conocimos, la única que hubo y quedó, porque las voces alternativas —los pocos libros que aparecieron sobre Ruanda de antropólogos, sociólogos y otros especialistas— no pueden ofrecer la misma accesibilidad que los medios masivos. La gente común conoce la historia del mundo a través de los grandes medios.

Como ésa, cada vez más historias virtuales ocupan el lugar del mundo real en nuestro imaginario. Esas manipulaciones nos alejan de las historias y problemas reales que suceden en las diversas civilizaciones. Vivimos en un mundo de tantas culturas que solamente un reducido grupo de especialistas es capaz de entender y aprender algo de lo que está pasando. El resto accede al discurso fragmentado y superficial que los grandes medios condensan en un minuto: se trata de un problema que seguiremos sufriendo mientras las noticias muevan tanto dinero, estén influidas por el capital y compitan como productos de los dueños de los medios.

NOSOTROS JUNTO A LOS OTROS

Sin embargo, nada más alejado del sentido básico del periodismo. Lo que nosotros hacemos no es un producto, ni tampoco una expresión del talento individual del reportero. Tenemos que entender que se trata de una obra colectiva en la que participan las personas de quienes obtuvimos las informaciones y opiniones con las que realizamos nuestro trabajo. Por supuesto que un periodista debe tener cualidades propias, pero su tarea va a depender de los otros: aquel que no sabe compartir, difícilmente puede dedicarse a esta profesión.

El periodismo, en mi opinión, se encuentra entre las profesiones más gregarias que existen, porque sin los otros no podemos hacer nada. Sin la ayuda, la participación, la opinión y el pensamiento de otros, no existimos. La condición fundamental de este oficio es el entendimiento con el otro: hacemos, y somos, aquello que los otros nos permiten. Ninguna sociedad moderna puede existir sin periodistas, pero los periodistas no podemos existir sin la sociedad.

De allí se deriva que una condición fundamental para ejercer este oficio consiste en ser capaz de funcionar en conjunto con los otros. En la mayor parte de los casos nos convertimos en esclavos de situaciones donde perdemos autonomía, donde dependemos de que otro nos lleve a un lugar apartado, de que otro decida hablarnos acerca de aquello que estamos investigando. Un periodista no puede ubicarse por encima de aquellos con quienes va a trabajar: al contrario, debe ser un par, uno más, alguien como esos otros, para poder acercarse, comprender y luego expresar sus expectativas y esperanzas.

El mejor camino para obtener información pasa por la amistad, decididamente. Un periodista no puede hacer nada solo, y si el otro es la única fuente del material en que luego habrá de trabajar, es imprescindible saber ponerse en contacto con ese otro, conseguir su confianza, lograr cierta empatía con él. Durante mi experiencia profesional tuve muchos amigos que carecían de esta disposición de hacer amigos entre la gente, y tuvieron que dejar el periodismo porque no pudieron hacer mucho.

Esta característica viene acompañada por uno de los misterios de nuestro oficio: qué pasa cuando el otro tiene una visión sesgada de los hechos, o intenta manipularnos con su opinión. Para prevenir esto no existe receta alguna, porque todo depende de las situaciones, que es como decir de un montón de cosas. La única medida que se puede tomar, si tenemos el tiempo, consiste en juntar la mayor cantidad de opiniones, para que podamos equilibrar y hacer una selección.

Por último, conviene tener presente que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida. Nuestra profesión nos lleva por un día, o acaso por cinco horas, a un lugar que después de trabajar dejamos. Seguramente nosotros nunca regresaremos allí, pero la gente que nos ayudó se quedará, y sus vecinos leerán lo que hemos escrito sobre ellos. Si lo que escribimos pone en peligro a esas personas, tal vez ya no puedan vivir más en su lugar, y quién sabe si habrá otro sitio adonde puedan ir.

Por eso escribir periodismo es una actividad sumamente delicada. Hay que medir las palabras que usamos, porque cada una puede ser interpretada de manera viciosa por los enemigos de esa gente. Desde este punto de vista nuestro criterio ético debe basarse en el respeto a la integridad y la imagen del otro. Porque, insisto, nosotros nos vamos y nunca más regresamos, pero lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por el resto de su vida. Nuestras palabras pueden destruirlos. Y en general se trata de gente que carece de recursos para defenderse, que no puede hacer nada.

LA FORMACIÓN DEL CAZADOR FURTIVO

Junto a esa sensibilidad es valioso mantener una actitud humilde sobre lo que hacemos porque en esta profesión la experiencia no se acumula. A diferencia de otras actividades, donde en ocasiones es posible afirmar que alguien ha conseguido mucho, en el periodismo nunca sabemos en realidad qué hacer, cómo actuar, cómo escribir. En cada artículo, cada reportaje, cada crónica, siempre estaremos empezando de nuevo, desde cero. Ni siquiera los libros que escribimos escapan a esta regla: ninguno nos va a servir mucho para el que sigue. Siempre estaremos al principio, nunca podremos estar contentos.

En esta profesión los estudios nunca se acaban. En medicina, en ingeniería o en administración se puede decir que, en algún punto, las carreras terminan; en periodismo esto no es así porque este oficio se ocupa de nuevos datos, nuevos hechos y nuevos problemas. Mientras el mundo progresa y se mueve, nosotros estamos dentro de esos cambios porque la sociedad espera que lleguemos a ella para que contemos qué está pasando, para que interpretemos qué quiere decir la novedad. Eso nos impone la obligación de estudiar, permanentemente y de todo. El periodista es un cazador furtivo en todas las ramas de las ciencias humanas.

Antropología, sociología, ciencias políticas, psicología, literatura... Debemos estudiar cualquier disciplina que necesitemos, porque nuestra profesión es transparente: todos ven cómo escribimos, es decir, cómo estudiamos, cómo investigamos, cómo reflexionamos. Y el lector vota cada día sobre nuestra suerte profesional. No cada cuatro o seis años, como les sucede a los presidentes, sino cada día.

El lector es una persona activa, con sus opiniones y sus preferencias, que compra el periódico y pierde su tiempo leyéndonos porque confía en que allí va a encontrar respuestas a sus preguntas. Si no las halla dejará de leer el periódico o al periodista; pero si las encuentra quedará muy agradecido y con el tiempo empezará a reconocer nuestros nombres. De ese modo construimos nuestra posición en este oficio.

LOS CONTEXTOS DE NUESTROS TEXTOS

Pero no sólo los periodistas dependemos de los otros para escribir y para que nos lean: también el texto periodístico depende, como ningún otro, de su contexto. El texto periodístico funciona en su pleno valor en determinada ubicación y en determinado momento; en otros pierde muchos de sus valores automáticamente.

En primer lugar existe el contexto de la revista o el periódico para los cuales fue escrito. Cada medio tiene sus principios y filosofías; también tiene características formales que permiten que ese texto periodístico se comprenda mejor a la luz de un editorial o de otros textos que expliquen antecedentes, informaciones complementarias o interpretaciones que quedaron fuera, ya que no es posible decirlo todo en un artículo.

En segundo lugar cuenta el tiempo: los textos escritos hace tres, cuatro o cinco meses no tienen el mismo valor que el de ayer. Eso es irremediable. Por eso varios escritores y periodistas tratan de salvar sus escritos de esa extinción publicando libros, un soporte que da a los textos la posibilidad de evitar la matanza del tiempo.

También los lectores constituyen el contexto de un texto periodístico. Al escribir nos preguntamos a quién dirigimos un artículo. Si el lector de un texto sobre el presidente Hugo Chávez es un venezolano, sería una estupidez llenarlo de detalles que seguramente conoce. Para quienes vivimos en otros países, al contrario, esos detalles son indispensables si queremos discutir sobre el artículo.

Por último, un artículo se inscribe en el conjunto de los textos que produce su autor. No podemos decir mucho de un periodista por un único texto. Hay que relativizar la crítica, porque un texto es una muestra limitada, pequeña, de un periodista.

Fuente: Fundación para un nuevo periodismo iberoamericano, www.nuevoperiodismo.org

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¡Que llegan los afganos! por Ana Mª Briongos / El Mundo 20/09/01

Quién me iba a decir hace treinta y dos años, cuando estaba recostada sobre las humildes alfombras del hotel Pamir de Kandahar que aquella pacífica ciudad de Afganistán se convertiría un día en el punto más caliente del mundo. Kandahar a mí me curó el alma de muchos conflictos interiores, pasé allí todo un invierno.

Sus paisajes y sus gentes me acogieron, hice amigos, sobre todo amigas. Me conocían en muchas tiendas de bazar cuando salía a pasear vestida como cualquier joven europea, pero no me reconocían si andaba de incógnito cuando, por acompañar a mi vecina y amiga Shirin, y en consideración a ella, salía también cubierta de la cabeza hasta los pies con el, para mí, estrambótico chadrí, esa campana de tela fruncida con rejilla para poder ver. Shirin no había ido nunca por la calle con la cara destapada desde que era niña y me aseguró, cuando hablamos la primera vez de la posibilidad de salir juntas, que sería como ir desnuda si lo hiciera y que pasaría una vergüenza horrorosa. Como me parecía absurdo pasear con un fantasma decidí convertirme también en uno de ellos.

Nunca pensé que Shirin viviera mal. Conocí bien a su familia y su marido era una buena persona que la quería. De hecho pude comprobar que vivía mejor que muchas mujeres trabajadoras residentes en el suburbio de una gran ciudad industrial europea. El marido de Shirin iba a aportar una nueva esposa a la familia por aquellos días, todos estaban contentos, Shirin también. Con la nueva esposa ella tendría más poder dentro de la casa, ayuda en las labores caseras y en el cuidado de los niños y una nueva compañera con quien charlar y reír. Una casa en Afganistán no es como una casa en Barcelona y Shirín nunca pudo entender cómo no me moría de pena en un piso como una caja situado encima de otro y debajo de uno igual con ventanas que dan a otras ventanas. Lo mismo me decía Ayub Jan bajo una tienda hazara cerca de Bamián.

Después de Kandahar fue Kabul la ciudad que me acogió. Mis amigas afganas de la capital iban a la universidad y vestían como yo. Pertenecían a una clase social ilustrada de pashtunes persanófonos del clan Mohamadzaí, al cual también pertenecía el rey. El país era pobre pero no mísero, excepto cuando había año de sequía; y los nobles y los ilustrados de Kabul no eran gente opulenta ni mucho menos. Estuve visitando Afganistán casi todos los años desde 1968 hasta 1977, casi diez años de relación intensa con aquel país.

Ahora mis amigos afganos, la extensa familia que me acogía y a los que considero como mi familia afgana, viven repartidos por diferentes países del mundo, separados, pues cada cual encontró refugio donde pudo. Sus problemas empezaron cuando el pro soviético primo del rey sardar Daud Jan, que no mantenía buenas relaciones con mi familia, perpetró el golpe de estado y lo destronó en 1973. A partir de aquel momento la suerte de los afganos empezó a deslizarse por el tobogán que los conduciría al desastre actual. Cuando los soviéticos invadieron el país casi todos mis amigos fueron encarcelados, hombres, mujeres y niños. Los que sobrevivieron a la cárcel y a las ejecuciones salieron del país de formas rocambolescas al ser liberados después de la retirada rusa. Algunos se acogen al estatuto de refugiados políticos, otros han rehecho su vida y se han integrado perfectamente en los países de acogida. Sus hijos ya tienen la nacionalidad del lugar donde viven, siguen hablando darí, y se casan con afganos, preferentemente con mohamadzaís. Nosotros los visitamos a menudo en Francia, Alemania y Estados Unidos y asistimos a sus reuniones donde se come y se bebe, se canta, se baila y, sobre todo, se discute de política.

Ellos también nos visitan algunas veces. Cuando nos llaman por teléfono anunciando el viaje yo comunico a mi familia ¡Qué llegan los afganos! Y lo hago medio asustada pues sé que vienen en tropel con los coches cargados de cazuelas, colchones y mantas, abuelos, abuelas, niños y niñas, y el piso no es grande. Mujer de poca fe, me digo, cuando a los pocos días de su llegada me encuentro formando parte de una tribu fantástica y compruebo, todas las veces con la misma sorpresa, su capacidad extraordinaria de montar un campamento incluso en un piso de Barcelona, campamento en el que todo funciona a la perfección, eso sí a la manera afgana. Los colchones se desenrollan por la noche y desaparecen apilados durante el día. Los tés circulan humeantes desde la mañana hasta la noche. Nosotros vamos a trabajar o a estudiar y la intendencia de la casa queda en manos afganas. Incluso se hacen cargo de la cocina y, ¡cómo cocinan las mujeres y también algunos hombres afganos!. Por la noche, después de la cena, hay tertulia mientras los niños van cayendo dormidos por los rincones. ¡Nos queremos tanto! Yo tenía veintidós años cuando los conocí, es pues una amistad que dura ya toda una vida.

Estos días nos llamamos por teléfono y no sabemos qué decirnos, hace tantos años que su casa de Kabul, una casa con piscina donde muchos amigos de Barcelona nos visitaron, desapareció entre los escombros de los bombardeos.

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Imágenes de Isfahan, la bella  Publicado en La Vanguardia. ANA Mª BRIONGOS. Julio 2001.

Deambulo por las callejuelas del bazar cubierto de Isfahan, llevo unas horas felizmente perdida y sin intención de encontrar, simplemente paseo y miro. Actividad por doquier, carretas y bicicletas me pasan rozando. Con el chador negro sujeto entre los dientes una mujer, que necesita sus dos manos para llevar las bolsas, se bambolea con su silueta acampanada. De pronto empieza el canto del muecín que invade el ambiente y apaga el barullo de voces, será ya la una menos cuarto, pienso. Un comerciante de joyas desde el interior de la tienda apila y retira las pulseras de oro del escaparate forrado de terciopelo rojo. Los hombres que pasan a mi lado se dirigen ligeros a rezar y desaparecen por una portezuela abierta entre tienda y tienda. Echo un vistazo a través de ella, veo un patio al aire libre, un estanque con grifos a su alrededor, un par de árboles cuyas copas de un verde claro recién estrenado se recortan en un cielo azul impoluto, estamos en primavera. Traspaso el umbral y me quedo mirando, nadie me dice nada, ni siquiera me ven. El goteo de hombres apresurados sigue entrando en el recinto, unos hacen sus abluciones, otros ya en fila, hombro con hombro, a pleno sol, de cara a la Meca, colocan las palmas de las manos abiertas detrás de las orejas como pámpanos blancos, en señal de rezo. Antes que empiecen con las reverencias vuelvo a la penumbra de la callejuela. Haces de luz por los que suben y bajan infinitas motas de polvo entran casi verticales desde los lucernarios de las bovedillas del techo y dibujan en el suelo cuadrados y octógonos claros, casi perfectos. Un mullah me adelanta airoso con su capa abrigo marrón y el turbante blanco, este no desciende del Profeta pienso, de lo contrario lo llevaría negro, me fijo en sus calcetines blancos y en sus zapatos puntiagudos de cordones, chafados por detrás, que calza a la manera chancla.

Salgo por la puerta que da a la gran plaza monumental, la luz me ciega. Un hombre con chaleco a rayas blancas y negras y gorro de fieltro me saluda. Bajtiarí, le digo, y me saluda levantándose el gorro con una sonrisa de dientes blancos y sanos, dieta de queso y yogur.

No cruzaré la plaza por en medio, hace mucho calor, el muecín ya ha enmudecido y los comerciantes han dejado por un rato su trabajo, la bordearé por los porches interiores. En la parte trasera de las tiendas de la plaza, a cubierto, unos comen acuclillados, otros están simplemente tendidos sobre una estera. Silencio y fresquito. Advierto que el martilleo de los orfebres del cobre también ha desaparecido y ha dejado como un vacío.

Me vuelve a invadir la luz cuando llego a la puerta de la mezquita del Sheik Lotfollah y me quedo admirando los magníficos mosaicos azules con filigranas de colores de su fachada. Un mullah desde el interior me mira con ojos penetrantes y una sonrisa entre socarrona y severa mientras cierra la puerta de la mezquita.

El sol cae a plomo sobre la plaza vacía, sólo un grupo de muchachas con sus pañuelos negros se pasea por el borde de los parterres. Una moto con tres mozuelos les pasa rozando, el primero les lanza un piropo y veo cómo el tercero extiende su mano y toca intencionadamente el trasero de una de las chicas. Quejas airadas y risas.

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Un invierno en Kandahar Fragmento del libro del mismo título de Ana Mª Briongos

 El día que Shirin me propuso salir estaba la suegra presente y según se desarrolló la conversación entendí que ellas ya lo habían hablado y decidido. Salir conmigo tal cual traería problemas largos de enumerar y para mí difíciles de entender, decían, por lo que me proponían que me encasquetara el chadrí de la abuela, con lo cual nadie sabría quiénes éramos y cualquier inconveniente quedaría automáticamente resuelto. Así de sencillo. La aventura me atraía y admití la jugada sin discusión. El único inconveniente llegó cuando apareció el embozo e intenté probármelo. El olor a sudor era penetrante y el borde del casquete, que se adapta a la cabeza y aprieta la frente, estaba húmedo y pegajoso.  Pensé con asco en las babas de la abuela pero decidí seguir adelante con la experiencia.  Por suerte llevaba atado al cuello un pañuelo limpio que anudé en mi cabeza al estilo pirata, con la excusa de que me molestaban las costuras, de forma que el casquete reposaba sobre él.  La risa fue general cuando me vieron con la indumentaria, pero había otro inconveniente: mis pantalones vaqueros y mi calzado me delataban, de modo que me dejaron unas calzas blancas con puntillas en el tobillo, unos faldones y unos zapatos de plástico.  Una vez me los hube puesto, los aspavientos de aprobación fueron generales: las mujeres reían y los niños aplaudían y la cocina era una fiesta.

Fue una complicación salir de la casa y bajar las escaleras. No veía nada y tuve que recogerme el chadrí para no tropezar con él.  En la calle, la abrumadora luz del sol entraba por la rejilla del chadrí, y necesité un tiempo para situarme y orientarme.  Shirin y yo parecíamos dos fantasmas que caminan, ella de color de ala de mosca, yo de color de rueda de carro. Metida dentro de aquella campana mi campo de visión se reducía al frente y debía girar la cabeza si quería ver a los lados. Al poco rato me encontré siguiendo a Shirin, unos pasos detrás de ella. Di unos saltitos para situarme a su lado pero cuando quise darme cuenta ya volvía a estar detrás de ella siguiéndola como una sombra. Era evidente que me resultaba más fácil seguir a un bulto y que prefería que Shirin se adelantase a mí, y entonces comprendí por qué en Afganistán las mujeres van siempre unos pasos por detrás de sus hombres. No era simplemente una cuestión antigua de protocolo familiar que otorgaba el primer puesto de la marcha a los que ostentaban el poder dentro de la familia sino que a las mujeres de las ciudades, además, les habían impuesto una indumentaria que no les permitía otra posibilidad que seguir al hombre, o de lo contrario se perderían o se darían encontronazos contra cualquier obstáculo de los muchos que hay por las calles polvorientas de las urbes afganas: cabras, carros, hombres acuclillados en mitad de la calle solos o formando corro, jaulas con perdices, cacharros amontonados, camellos, acequias, sacos, burros, camas, cestos, un barbero con la navaja en ristre afeitando la cabeza de un cliente barbudo, mujeres agachadas esperando turno para no se sabe qué, melones desparramados y un largo etcétera. Para una mujer embozada en ese atuendo, la idea de igualar su paso al de su hombre sería totalmente descabellada.

De vez en cuando Shirin se detenía y me miraba.

  -Good?

  -Good.

Oí como se reía. Estaba contenta con nuestro juego a pesar de que nuestra incomunicación era casi absoluta: yo todavía no había aprendido ni una palabra de darí[1] y con aquel embozo el lenguaje gestual resultaba imposible.

Mi visión del entorno estaba enmarcada en un pequeño hexágono y tenía cuadraditos de color de rueda de carro.  Me pareció que era mejor ver el mundo con cuadraditos del color de la calle que verlo multidividido en negro o en un color intenso; quizá por eso los chadrís acostumbran a tener colores suaves, ocres, grises azulados, malvas.  Cuando movía la cabeza el movimiento que el cuadriculado producía en las imágenes que veía me mareaba, y llegué a la conclusión de que era mejor seguir adelante con la cabeza al frente y moviéndola lo menos posible. Las imágenes fijas eran mucho más soportables que las móviles, por lo cual pude descansar cuando Shirin decidió pararse frente a una tienducha de telas del bazar.

La tienda era un cubo sin puerta y de algo más de dos metros de lado.  Como todas las que, una al lado de la otra, se abrían a aquella calle, estaba elevada a casi un metro del polvo. El comerciante se sentaba sobre el suelo de madera con las piernas cruzadas. Quedaba a una altura cómoda para hablar con él sin necesidad de agacharse. Su mercancía, piezas de telas superpuestas de todos los colores, estaba ordenadamente dispuesta en la parte trasera del cubículo. Yo conocía al vendedor de verlo todos los días cuando me dirigía por la mañana a la tienda de yogur que estaba un par de travesías más abajo.  Era un hombre amable, que siempre me saludaba. Esta vez me resultaba extraño verlo de incógnito desde detrás de una reja.

Pasaron a nuestro lado los suecos que compartían habitación conmigo en el hotel.  Pude observarlos con toda desfachatez cuando se pararon en la tienda contigua, desde bien cerca, y ni siquiera se dieron cuenta de que alguien les estaba observando.  Podía oír lo que decían y me divertía.  Ni por un momento se me ocurrió hacer un gesto que me delatara.  Pensaba mantener aquella situación en secreto.  Nadie sabría qué hacía yo por las tardes cuando desaparecía del hotel.

Acababa de descubrir que en Afganistán las mujeres embozadas no existen, ni para los del país ni para los que vienen de fuera.  El chadrí es como un filtro mágico que propicia la desaparición.  Nadie está interesado en saber quién será aquélla que pasa por delante: no hay curiosidad ni morbo, simplemente no hay nada.  El mundo sigue su curso, los hombres negocian, discuten, compran y venden, el arcaico engranaje de la vida afgana mueve sus ruedas sin parar.  Los artesanos industriosos trabajan en sus cubículos: uno arregla teteras de loza con grapas metálicas, otro amolda a golpes de martillo recipientes de cobre, otro confecciona calzones con su rudimentaria maquina de coser.  Si llega un cliente, el artesano manda a por té y ambos charlan acuclillados con la taza humeante entre las manos.  Pero las mujeres que compran en el bazar no toman té: aun en el caso de que existieran, ¿cómo lo tomarían si no tienen boca?  

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La Cueva de Alí Babá. Irán día a día  Editorial Lumen, colección Otras Voces. Autora Ana M Briongos (versión original antes de corrección definitiva)

GHOM   Capítulo 8

Delicadas alfombras de seda, las ghom se acostumbran a colgar de la pared o se colocan sobre una mesa como elemento decorativo.

A la cueva de Ali Baba han llegado tres japonesas acompañadas de dos hombres iraníes y otro de facciones achinadas que enseguida identifico como afgano. Una de las mujeres que se llama Sachi me dice cuando se presenta que trabaja en la embajada de Japón en Teherán. Es una joven elegante y delicada que habla persa y viene acompañada de su madre y una amiga las cuales se han desplazado a Irán para visitarla por unos días; juntas, aprovechan para hacer turismo. En la cueva la conocen desde hace unos años, me cuenta Rezâ, pues siempre que Sachi va de viaje a Isfahan los visita, no en vano la cueva es un lugar de reunión de forasteros e iraníes con ganas de conversar, un forum multicultural donde cada cual aporta sus opiniones, conocimientos, experiencias, ilusiones..., y esta joven, según he podido apreciar durante la conversación, está enamorada de Irán y se siente cómoda en este país. Los hombres iraníes son dos guías. El más robusto viene con ellas desde Teherán y el otro es el guía específico de Isfahan y lo han contratado para que las acompañe durante los días que pasarán en esta ciudad. Es un hombre bien parecido pero de rostro difícil por lo ceñudo. Me doy cuenta cuando me saluda que no me mira a los ojos, es seco en el trato, enjuto y malcarado; pienso ante su falta de amabilidad que quizá las mujeres no merecen su atención. Al revés el otro guía, un hombre sonriente y campechano entrado en carnes que aunque no habla, me saluda con calidez. El afgano, me dicen, es el chofer; se queda atrás y no da la mano, simplemente hace un gesto con la cabeza  para saludar.

La madre y su amiga están interesadas en comprar sendas alfombras de Ghom. Esta ciudad situada al sur de Teherán, conocida por ser uno de los dos lugares de peregrinación más importantes de Irán y del mundo shií en general, se ha especializado desde hace unas décadas en anudar finísimas alfombras de seda. Las más apreciadas son las “tar-o-put”, cien por cien de seda: trama, urdimbre y nudo. El resultado acostumbra a ser una alfombra pequeña de anudado muy tupido y afeitada hasta casi llegar a la trama por lo que se puede doblar y arrugar como un pañuelo. No es alfombra, la ghom de seda, para pisar sino que se acostumbra a usar como elemento de decoración colocada encima de una mesa o colgada en la pared a modo de cuadro pues sus filigranas son tan definidas que, desde lejos, más parecen dibujadas con plumilla sobre un papel que anudadas sobre una urdimbre. Estamos disfrutando de cada una de ellas. Van apareciendo frente a nosotras una tras otra. Hossein las deposita en el suelo y nos hace contemplarlas desde distintos ángulos para que podamos apreciar cómo cambian de color y de brillo según desde donde las miremos. En su interior hay jardines con árboles y pájaros y también arabescos y flores. Cada nueva alfombra arranca una exclamación porque nos parece más hermosa que la anterior, como si Rezâ las tuviera ordenadas según una idea espectacular predeterminada para provocar en el que las contempla un crescendo de sentimientos estéticos. Su precio es elevado. Como su finalidad no es la de cubrir suelos, las fabrican de medidas reducidas. Los tamaños clásicos de este tipo de alfombras son los llamados poshtí 75/85 cm. por 50/55 cm. y zar charaq 1,12/1,20 cm. por 75/80 cm. Una alfombra de Ghom de seda puede tener un millón de nudos por metro cuadrado y todavía las hay de nudo más tupido, nos dice Rezâ que sigue contando como si fuera un maestro que también producen alfombras de seda en Zenjan. Éstas no acostumbran a ser “tar-o-put” sino sólo “tar” (trama) pues la urdimbre, “put”, es de algodón, lo cual las hace más tiesas que las Ghom. En las Zenjan acostumbra a aparecer el color añil, color del que las Ghom carecen, y sus colores en general son más vivos que las producidas en la ciudad santa. También en Maragheh producen alfombras de seda aunque de menos calidad que las anteriores. Su explicación va acompañada de la correspondiente apreciación práctica por nuestra parte de las diferencias previa muestra de las diferentes clases de alfombras. También nos enseña las que producen los nómadas del norte de la provincia del Jorasán, al noreste de Irán. Éstas son mucho menos refinadas que las que hemos visto hasta ahora pues por algo no son alfombras de ciudad sino nómadas, pero resulta curioso ver alfombras de seda cien por cien, tar-o-put, nómadas, pues éstos acostumbran a fabricarlas de lana, material del que disponen a través de sus propios rebaños. La seda la tienen que comprar y ante mi sorpresa Rezâ dice a modo de aclaración que las producen sólo con fines comerciales. Son muy flexibles y como no las afeitan apurando al máximo sino que cortan el pelo sólo con las tijeras tienen un acabado rústico muy especial. La trama y la urdimbre puede ser de diferentes colores que mezclan pues no le dan importancia a esa diferencia de tonos ni en el fleco. Los dibujos hechos de memoria como acostumbran los nómadas son los típicos del Cáucaso que en este caso compran los hilos de seda ya teñidos sin importarles si éstos son naturales o químicos y, además les encantan los colores vivos como fucsias y turquesas que no existen en la naturaleza. Cuando acaba de darnos esta clase magistral sobre alfombras de seda, retira las zenjan y las nómadas y sigue apurando el montón de las ghom que son las que interesan a las señoras japonesas

La última que nos muestra es apaisada y atraviesa su campo principal un río bordeado de flores, juncos y sauces llorones por cuyas aguas de un azul cielo intenso nadan elegantes unos cisnes y unos patos; cerca de los árboles revolotean las mariposas y en sus ramas cantan los jilgueros, los tan queridos bul-bul persas. Por la más ancha de sus cenefas saltan los gamos entre arbustos y flores. ¡Cómo podrían estos persas seguir una religión que prohibiera la representación de una naturaleza tan excelsa! Paraísos y placeres arraigados desde hace más de dos mil años y siempre presentes en sus artes decorativas y en su poesía. No puedo asegurar que esa sea la razón por la que abrazaron el shiísmo pero sí puedo decir que es precisamente esta la rama del Islam que permite las representaciones de árboles, animales y seres humanos. Fijémonos sino en las alfombras afganas, solamente formas geométricas las adornan, rombos, cruces, octógonos y signos: ellos son sunitas. Ante este espectáculo tan refinado me quito el sombrero, que no el pañuelo, pues eso es imposible, y me dejo llevar por un mar de sentimientos en que la belleza es el centro y la sensibilidad de los diseñadores y de las tejedoras persas su más preciado tesoro. Estoy abstraída y no me he dado cuenta de que ya somos diez los que contemplamos este último jardín, paraíso donde querríamos disfrutar todos nosotros, cuando oh maravilla el guía de Isfahan empieza a cantar una canción serena, suavemente modulada, con una voz intensa y a la vez delicada y profunda. Su canto nos envuelve y llena todos los rincones de la cueva que se ha transformado otra vez en la cueva de las maravillas. En silencio nos vamos acomodando sobre los montones de alfombras. El que canta también se ha sentado en una silla frente a nosotros. Abbas nos sirve té y azúcar. Cuando llega a mí lado y lo miro para darle las gracias veo que sus ojos brillan de una manera especial y que con la mirada me quiere comunicar algo que no llego a descifrar. La canción se hace monótonamente obsesiva, yo ya no toco al suelo ni con los pies, mi alfombra vuela por la estancia y mis pensamientos se han detenido, una paz inmensa me invade y amo al hombre malcarado que me regala este placer de dioses haciendo además que me sienta muy cerca de todos los que me acompañan. En estas ocasiones me doy cuenta que no es una curiosidad antropológica la que me lleva a países lejanos, sino la necesidad de beber en la sabiduría ancestral de las personas que los habitan, de conocer lo que ellos conocen y sienten, de participar de lo que el vasto mundo nos brinda para compartir, ofrecer y recibir. Con esta gente me podría entender, sé que puedo hablar con ellos aunque tengamos culturas bien distintas, que podríamos entre todos pensar en un mundo mejor y aquí es donde quiero ir a parar, el conocimiento y la educación, saber de los demás y de sus culturas, conocer para entender, para vivir en paz, para progresar juntos. De repente la voz monótona se anima, cambia el tono y la cadencia y unos toques acompasados se empiezan a oír desde el fondo de la cueva, me vuelvo para saber de donde salen. Es el afgano que ha estado todo el tiempo medio acurrucado entre cojines, ha alcanzado un taburete de madera y a modo de tabla inicia un acompañamiento que se va uniendo al canto cada vez más animado. El hombre que canta también sigue el ritmo dando con las uñas en el asiento de su silla. Miro a Abbas y descubro que está radiante. Las tres mujeres japonesas, recogidas como si asistieran a una sesión de meditación, parecen esculturas de porcelana. Cuando termina el canto todos aplaudimos. El cantante se ruboriza, baja la mirada, otra vez ese pudor iraní tan característico, hemos entrado en el mundo persa de la dulzura que es sólo uno de sus mundos. El guía cantor se llama Behruz y nos dice que la canción que ha interpretado es una nana que le cantaba su abuela allí en el Kurdistán persa cuando él era pequeño. Sólo en este momento Abbas, el que nos ha servido el té y que es el más tímido de los chicos de la cueva, un muchacho de pueblo que no acostumbra a hablar con nadie y sólo me dirige dulces sonrisas siempre que me ve llegar, me dice al oído que él también es kurdo y que su madre lo acunaba con esta canción. Le miro a los ojos y veo que tiene las lágrimas a punto de derramarse. Ya no me extraña. Los hombres iraníes lloran. He visto llorar a mis amigos, hombres hechos y derechos portadores de grandes bigotes. He visto llorar a comerciantes del bazar, hombres bregados en los avatares de la vida, personajes astutos en cuestión de negocios, que se ablandan, tiemblan y se dejan llevar por la emoción cuando alguien recita un poema o canta una canción de amor. La verdad es que de momento me sorprende y no sé qué hacer. A Abbas, tan dulce muchacho de veinticinco años y metro noventa de estatura, lo consolaría y arrullaría en este momento pero ya sé que no puedo ni tocarle la mano para comunicarle de forma más cercana que comprendo su emoción, no puedo tocarle porque yo soy mujer y, aunque podría ser su madre por edad e incluso su abuela pues en Irán la ley permite casar a las muchachas casi niñas, siempre hay que guardar las distancias, y Haggí Bâbâ está en su sillón con su traje marrón constatando plácidamente que todo está en su sitio. Contengo pues la mano y el abrazo y como si nada decido hacer unas alabanzas al magnífico cantante. Por primera vez me ha mirado y me ha sonreído, su cara ha cambiado y ya no es aquel hombre rudo y malhumorado que ha entrado por la puerta de la cueva. Las japonesas que ya saben de sus cualidades musicales por lo que veo le piden más canciones a lo que Behrus accede sin hacerse de rogar. Nadie se mueve pues. A mi lado se ha acomodado un hombre joven al que nadie le ha dicho nada más que salom alekom cuando ha llegado y le han colocado un vasito humeante entre las manos pues todos deseamos mantener el silencio para que no se rompa el encanto. Otra canción llena el ambiente y después otra más, Behrus se ha transfigurado y ya es otra persona. Está seguro frente a nosotros y tiene tablas; recibe los aplausos y los halagos como si fuera un artista que está acostumbrado a ellos. Cuando le pregunto si acostumbra a cantar me responde que su profesión en tiempos del shah era la de cantante pop y que era muy conocido, Rezâ y Haggi Baba lo confirman, en cambio Abbas no ha oído hablar nunca de él, es demasiado joven, cuando Behrus cantaba él todavía no había nacido. Como para el resto de cantantes también para Behrus llegó el silencio con Jomeiní y tuvo que cambiar de profesión, ahora en que a los hombres ya se les permite cantar en público no se ve capaz, dice, de volver a empezar. Ha pasado veinte años cantando sólo para su familia y sus amigos en privado y piensa seguir así. Lo dice con una tristeza tal que se nota que es un hombre roto por dentro. Se ve que sin la admiración y los aplausos de sus admiradores no puede vivir feliz y que veinte años de infelicidad le han sumido en una desesperanza que le sale por todas las arrugas de su cara y que reflejan sus ojos aviesos, extraviados, sumamente tristes. Hoy tiene un público de excepción, un público internacional y está contento. Supongo que le ocurrirá a menudo siendo su profesión actual la de guía turístico pero ese es público de un solo día, al día siguiente ni se acordarán de él los más o simplemente guardarán un recuerdo anecdótico, algo que contar al regresar a casa, el caso de un guía que sabía cantar. Qué pocos habrán sabido que tenían frente a sí a un artista excepcional a alguien que en su juventud era conocido y admirado. Ninguno de ellos seguirá su carrera y sus progresos, ni la evolución de su arte a través de los años, su público ahora es un público efímero que lo más seguro es que piense que tiene ante sí a un pobre hombre que no hace más que un pequeño esfuerzo para distraerlos.

El que se ha sentado a mi lado ha resultado ser un vasco que viaja solo y que al oír desde abajo el canto ha entrado en la cueva y se ha aposentado a escuchar. Ha sido para él una sorpresa encontrarme aquí y le invito a que se quede. Lleva ya un mes viajando por Irán solo. Como es la hora del almuerzo y Hossein quiere que siga la reunión, nos invita a todos a comer en el patio y manda a Abbas a por jormé sabzi, un plato iraní hecho de arroz, verduras y carne.

En el patio han preparado la mesa y dispuesto las sillas. La morera proyecta su sombra recortada hoja a hoja en el suelo y las paredes. Hace calor. El cielo tiene ese azul profundo persa y la cúpula de la mezquita con sus dos acompañantes los minaretes asoman por encima de la tapia. Cuando nos instalamos todavía se oye el claveteo de los artesanos del cobre. Dentro de poco dejarán sus martillos para comer o siestear. También se oye el trajín de carretas y motos que circulan por el sarai y por las callejuelas adyacentes. No se oyen voces, nadie se enfada, siempre palabras, para pedir el paso, para ceder el paso, fórmulas y contención. Después de pedir a Rezâ si no le importa que invite a mi amiga Marian corro a llamarla por teléfono pues estoy segura de que le va a gustar participar de este festejo montado por sorpresa. Como tiene a los niños en la escuela y su marido no va a comer a casa, puede salir sin problemas. Debajo de la morera Abbas y Said nos sirven la comida. Ellos son los que ponen la mesa, ellos los que han ido a buscar la comida y serán también ellos los que después lavarán los platos. Desde que llegué me he ofrecido a colaborar en estas tareas, no me importa servir el té en la cueva a los visitantes, de hecho me encanta pues me siento más integrada en todo este ambiente y tampoco me importa colaborar para que entre todos pongamos la mesa o lavemos los platos. Debo confesar que esto último no me lo han permitido nunca pero sí servir el té y llevar el pan o las cucharas a la mesa. Eso les hace gracia a todos, lo encuentran divertido y se ríen los muchachos del team y esas pequeñas cosas me dan la oportunidad de hablar con ellos, de ganar su confianza. Según he visto la mayor parte de las mujeres iraníes trabajan mucho en casa pero cuando salen dejan que las sirvan y no mueven ni un dedo, se mueven como unas reinas. Reina era Fatmâ y yo con ella cuando su marido Alí nos llevó de excursión a Chahar Mahal e Bajtiarí. Reinas son todas las mujeres que veo en las pitzerías de Isfahan cuando van acompañadas de su marido o sus hijos, ellas con los pañuelos y los chadors sentadas en la mesa esperando, ellos haciendo cola para encargar, pagar y recoger. La verdad es que con el chador es sumamente difícil llevar la bandeja sin que caiga la coca-cola o peor aún, sin que caiga el chador. Por supuesto antes que quedarse sin chador ante la mirada de los hombres siempre es mejor que caiga la coca-cola. Para evitar tal confusión, en la práctica, las mujeres que van con chador no pueden ir solas a la pizzería pues necesitan un ayuda de cámara. Llega Marian que no lleva chador sino un pañuelo Chanel seguramente copiado y comprado en la isla de Kish. Me hace un guiño cuando me ve y enseguida se suceden los saludos, las fórmulas otra vez. El extremo recato, los ojos bajos, Marian se presenta ante Haggi Baba y Rezâ como si fuera una mosquita muerta y, sin embargo, es una mujer marchosa y divertida cuando está en casa con su familia o sus amigas y cuando está a solas conmigo. Siempre en Irán lo exterior y lo interior, el baten y el zaher. Aquí, en la cueva de Alí Baba que es un mundo de hombres, ellos trabajan, ellos cocinan, ellos sirven, ellos limpian, las mujeres somos las invitadas, yo me he hecho un sitio con el tiempo y ya sirvo el té a veces y llevo las cucharas a la mesa, siempre con abrigo y pañuelo, eso sí, nunca se me ocurriría quitármelo pues si lo hiciera se rompería el encanto y todo cambiaría en un momento, aunque las puertas de la cueva estuvieran cerradas y ninguna autoridad tuviera acceso a ella. El equilibrio que mantenemos se rompería en un instante. La mujer de hají baba va con chador al estilo de Isfahan, hasta con la boca tapada y no se lo quita ni cuando está invitada en casa de unos amigos. No soy yo quien les va a decir como tienen que ir vestidas sus mujeres, y como no soy ni una política ni una antropóloga, sino una persona que está sumamente interesada en llegar a saber qué hay debajo de todas las capas religiosas en las otras personas, y llegar al terreno en que es posible el entendimiento. Si en lugar de estar en Irán el destino me hubiera llevado a vivir con una tribu de Africa, seguramente hubiera acabado con los pechos al aire como hacen sus mujeres, precisamente porque mi investigación no sería la del antropólogo, yo, con el debido respeto a los antropólogos, no iría con salacot y libreta de campo.

Después de saborear un delicioso jormeh sabzi con cuchara y tenedor como hacen los iraníes, nunca con cuchillo, hemos pedido a Behruz que cante de nuevo o que nos recite alguna de sus poesías pues según nos ha estado contando durante la comida es también poeta y en la poesía se refugia para hacer más llevadera su soledad de artista.

Debió enmudecer en un momento dado de la conversación el martilleo y cuando callamos estamos inmersos en el silencio del principio de todas las tardes de Isfahan. Sólo los pájaros que hacen vida en nuestra morera cantan. Hasan aprovecha para regar sus rosales y sus varas de flores y el chorro de agua que sale de la manguera verde de plástico forma un espectro de todos los colores, el agua y el sol nos regalan un pequeño arco iris. Haggí Bâbâ impertérrito contempla lo que ocurre como siempre, como si ya estuviera en otro mundo o como si lo que está viendo ocurriera en una pantalla de cine, mientras nada se salga de su orden él está tranquilo, en su cueva, dentro del sarai, metido en el bazar de la ciudad de Isfahan en el antiguo país de Irán. Behruz canta seguidas dos canciones modernas. Az zamân e shah, del tiempo del shah, me dice en un susurro Haggi BÂbâ levantando una ceja blanca para poder mirarme sin necesidad de mover la cabeza. Las canciones son conocidas pues las saben hasta los jóvenes, lo que confirma la popularidad antigua de Behrus. Después y ante mi insistencia, tres veces se hacen de rogar, tres veces se debe declinar una invitación, tres veces siempre..., abre su agenda y dice que nos va a leer sus últimos poemas. Su voz es profunda, aterciopelada, su dicción perfecta y la lengua persa una lengua para la poesía. Pasaría horas escuchándolo aunque se me escapan muchas palabras porque mi vocabulario no es extenso. Me ha pedido si podía filmarle con mi pequeña sony dv y mandarle una copia y así lo he hecho. Habla de desesperanza, de soledad, de las delicias pasadas, del deseo inalcanzable de volver a saborear un minuto de juventud.

Cuando todos se han marchado, Rezâ y las japonesas con sus guías al interior de la cueva a regatear el precio final de sus alfombras, Javier el vasco a seguir su andadura por las carreteras, los muchachos a su trabajo, Haggi Bâba a su sillón de siempre y Marian a buscar a los niños al colegio, me quedo en el patio para meditar un poco a solas acompañada del barullo del bazar que ya se ha despertado de la siesta. Los golpes sordos de los estampadores de telas que trabajan en un diminuto taller de la azotea contigua me llegan mezclados con los agudos martilleos sobre metal. Las tapias y el cielo de Isfahan me protegen, la cúpula me vigila y veo que detrás de la ventana Abbas distraído está lavando los platos en la cocina. Todo está en orden. Hago un esfuerzo para que el respaldo de la silla y mi espalda toquen al árbol y apoyada en su tronco cierro los ojos.

El pensamiento me lleva a Marian, mi buena amiga, que se acaba de marchar a recoger a su hija al colegio después de pasar un buen rato con nosotros. Mi estancia en Isfahan ha significado para ella algo importante pues mi presencia en su casa le ha cambiado la vida por una temporada. Su marido está encantado que me acompañe en mis visitas turísticas por la ciudad, a algunas cenas en las que si no fuera por ella, debería ir yo sola, o, como hoy, cuando la llamo desde la cueva porque me parece que le gustará compartir algo interesante conmigo. Él está contento porque al regresar a casa encuentra a su esposa dispuesta a contarle feliz, las aventuras del día. Marian es para mí una de esas amistades cómodas. Me siento bien a su lado, nos divertimos, es ocurrente y alegre y sé que si no fuera yo la excusa ella no saldría de casa más que para ir a comprar por el barrio o con su marido o sus hijos o sus parientes cuando vienen de visita desde el pueblo.

También pienso en Anahita, la esposa de un médico, a la que he conocido hace unas semanas al poco tiempo de llegar a Isfahan. Una conocida me había dado su teléfono y la llamé un día. Vino enseguida con su marido a la cueva para conocerme y para invitarme a cenar a su casa. Ella debe tener unos cuarenta años y va absolutamente de negro como van muchas mujeres en Irán, ni una concesión a los colores. No habla más que persa por lo que nos debemos entender en este idioma. Su marido sí habla inglés. Como sabe que he escrito algún libro, la conversación se desarrolla en torno a los ellos y veo que Anahita es una lectora compulsiva. Con el tiempo me daré cuenta de que está literalmente loca por los libros y que ellos son su último refugio. Viven en un piso de unos cien metros cuadrados con un gran salón, cocina americana y dos habitaciones. El matrimonio tiene dos hijos, una niña adolescente y un niño pequeño. El marido está fuera la mayor parte del día porque trabaja en un hospital, tiene que hacer guardias y además mantiene una consulta privada por lo que siempre que nos vemos Anahita y yo no está el marido o éste llega a última hora. A veces voy de visita a su casa acompañada a Marian. Anahita me enseñó su biblioteca el primer día que fui a su casa, una pared con estanterías e infinidad de novelas, traducciones en persa de libros muy conocidos en Europa y de otros no tan famosos. Tiene a los escritores sudamericanos en lugar preferente y me los enseña orgullosa, desde García Márquez a Vargas Llosa, Cortázar y también el escritor que ahora está de moda y cuyos libros se muestran en todos los escaparates, Paulo Coello. A Anahita le gusta Milan Kundera y se ha comprado todos los libros que en persa se han publicado de él. También tiene una estantería con las más famosas novelas rusas. Los franceses Flaubert, Stendhal; americanos, italianos, libros comprados de nuevo y de viejo, libros publicados últimamente y otros publicados en tiempos del shah. Libros que yo conozco y otros que no he visto nunca ni he oído hablar de ellos. Nuestras entrevistas consisten en una retahíla de libros, en pasar lista a todo lo que ha leído ella que es mucho más de lo que nunca podré leer yo. Cuando voy a su casa me recibe hermosamente ataviada. En su casa sí me puedo quitar el pañuelo. Se ha dejado el pelo suelto y muestra una melena ondulada preciosa. Viste de negro con transparencias: una camiseta de tirantes y profundo escote y, encima, una blusa de puntilla, unos pantalones de satén completan el conjunto. Yo se lo agradezco y veo que el día que la conocí en la cueva, tapada con su pañuelo y su abrigo obligatorio me pareció una mujer poco agraciada, en cambio la transformación ha sido total sin el uniforme islámico es una mujer muy atractiva. Dentro de casa todo está permitido, en la intimidad está el placer y en la vida privada tiene una la oportunidad de mostrarse tal cual es y ella me ha hecho el honor de ponerse sus mejores galas para recibirme. La primera vez fui con Marian y la tarde resultó más tensa para Anahita pues Marian es mujer de bazarí como bien pronto se encargó de verbalizar Anahita sin ningún pudor aunque muy bien dicho al estilo persa, dardos envenenados como si fueran flores y, dado que las mujeres de bazarís no tienen cultura ni han leído casi nada, dijo textualmente, se aburrirá en una reunión como aquella. Marian que es una mujer tranquila, segura de sí misma y está también segura de mi aprecio y sabe que la considero una mujer inteligente, no se inmutó. Anahita me persigue y noto que me quiere monopolizar y me doy cuenta que soy para ella un rayo de luz, un contacto con el exterior, una manera de huir del corsé que la tiene enclaustrada, otra manera de huir aparte de la que le ofrecen sus queridos libros salvadores. Y eso que trabaja tres horas al día de dentista pero se siente encerrada aunque no lo expresa verbalmente, en ningún caso se ha dejado llevar criticando a su país ni a su régimen, quizá porque no quiere dar una mala imagen de él, quizá porque llegar a expresarse con sinceridad en Irán es a veces difícil, quizá porque sabe que vivo, precisamente, con una familia bazarí y que los bazarís tienen fama de ser muy religiosos y hay que ir con cuidado. Anahita vive gracias a sus fantasías literarias que le permiten volar más allá de lo que la cerrada sociedad de Isfahan le permite. Está educando a sus hijos para que conozcan lo que el mundo grande, no el pequeño, dice, ofrece y les compra o pide prestados todos los libros que para niños le parecen interesantes. Lo último que les ha descubierto han sido los tres tomos publicados en Irán de Harry Potter que los niños iraníes devoran en persa igual que hacen los niños de otros países y me ha recomendado que se los regale a los de mi casa pues además de leer ella y su familia Anahita hace proselitismo y no comprende cómo es posible vivir sin libros. Como los libros son caros y lo que gana su marido como médico no es mucho y la aportación económica de ella es poca, me dice, lee primero los libros que se los dejan en préstamo en las librerías que hay en el centro comercial situado frente al hotel Abbassí y, evidentemente lee muchos más de los que compra. Acostumbro a visitar con frecuencia las librerías de este centro comercial y hasta que me lo comentó Anahita no sabía que además de vender también se dedican al préstamo. Me ha parecido una labor muy útil en un país como Irán en que la cultura está mediatizada por la religión y en que las bibliotecas están dirigidas por funcionarios del gobierno o por alguna autoridad religiosa que viene a ser lo mismo. A veces cuando me paseo entre estanterías de libros en alguna de estas tiendas, veo pasar a Anahita, siempre yendo y viniendo, obsesionada, con libros debajo del brazo, libros que aseguran su zona de libertad y la veo como una hada negra que con su varita mágica llena de fantasía este mundo estrecho.

A Zeinab, doctora en historia, especialista en Al Andalus y profesora en la universidad Al-Zahra de Teherán, la he conocido en el Centro de investigación islámica Emam Amir Al-Mu’minin de Isfahan. Como para ir al bazar desde casa me he acostumbrado a tomar casi todos los días la avenida Abad  Ahmad que con el nombre del poeta Hafez después, desemboca en la gran plaza Naqsh-e-jahan, he observado que en la esquina de esta avenida con la de Neshat hay un edificio nuevo decorado con mosaicos y rodeado de jardines con flores del cual salen grupos de estudiantes con sus libros y sus bicicletas. Por sus jardines pasean solamente chicos. Uno de esos días, y por curiosidad, pregunto a un grupo de estudiantes de qué institución se trata y si se puede visitar. Los muchachos muy amables me explican que se trata de un centro de investigación islámica y me señalan una camino lateral diciendo que por allí entran las mujeres. El camino bordea el edificio por la parte trasera y termina en unas escaleras descendentes que dan a una puerta pequeña. Detrás de ella en una sala llena de mesas y de sillas las muchachas están leyendo y estudiando y levantan la cabeza todas a una cuando aparezco por la puerta. Quizá hay hasta cincuenta estudiantes, todas con maqnaeh y además encima el chador. Detrás de un mostrador dos bibliotecarias me instan a acercarme. No sé qué decirles pues no tengo ni idea de qué lugar se trata ya que no me he informado anteriormente, simplemente he visto que era un edificio de arquitectura moderna, que parece construido con muchos medios económicos, de donde salen estudiantes vestidos al estilo islámico iraní post revolucionario, camisa abrochada hasta el último botón del cuello y barba de dos días. Me presento como escritora de Barcelona que estoy pasando una temporada en Isfahan porque pretendo escribir un libro sobre Irán que será el segundo que escribo sobre este país. He sido muy bien recibida y debo volver a insistir en la extraordinaria manera que tienen los iraníes de acoger a las personas, tan amable y tan cálida. Han salido a saludarme todas las bibliotecarias y la directora de la biblioteca y han comunicado a las instancias superiores, incluso al ayatollah jefe y fundador de mi presencia y él ha dicho que soy bienvenida. Se trata, me cuentan, del centro de investigación islámica Emam Amir Al-mu’minín Alí fundado y dirigido por el ayatollah Al-lamah Hajjí Seyyed Kamâl Faqih Imán, un hombre de cuidada barba blanca, gafas de concha y turbante negro como puedo ver en una fotografía y su título de seyyed indica. Me hacen pasar detrás del mostrador donde las estudiantes no tienen acceso y me enseñan el gran espacio donde se guardan los libros, una parte de los libros porque el resto se encuentra en la zona principal, la reservada solamente al sexo masculino. Una ancha escalera comunica interiormente ambos espacios, el sótano donde nos encontramos con la planta baja y los dos pisos superiores. Me dejan merodear sola entre hileras de libros, en persa y en árabe la mayor parte pero también en inglés y en francés, éstos son principalmente enciclopedias, libros de biología, de química y de ingeniería y algunas novelas de la literatura clásica europea. Me regalan un libro en español publicado por el centro que se titula “Un ramo de flores del jardín de las tradiciones del Profeta y Ahlul Bait[1] (P)” que recoge una recopilación hecha por el director del centro de los dichos de los imanes shiís  sobre el matrimonio, el divorcio, las relaciones omerciales, el compañerismo etc.

A la salida unas muchachas que estaban sentadas en la sala de estudio me piden si puedo responder a unas preguntas y libreta y lápiz en mano van apuntando lo que digo. Al cabo de un rato ya somos un grupo numeroso las que estamos en la parte trasera del jardín conversando. Sus preguntas se dirigen principalmente a saber qué pienso del papel de la mujer en el seno de la familia y de la sociedad. Las que me preguntan son muchachas universitarias y todas ellas van con chador colocado encima del maqnaé o toca monjil, ni una lleva sólo pañuelo y abrigo como yo. Les contesto las preguntas de la mejor manera que puedo y la reunión se transforma en una tranquila conversación, casi una clase. Como soy mucho mayor que ellas me tratan con sumo respeto y me escuchan con atención. Veo que todo lo referente a la mujer y a su papel en la sociedad les interesa, que hay en el seno de las mujeres islamistas, y estas lo son, un gran interés por discutir y discernir su papel, un papel que se tornó activo desde antes de la revolución y se ha mantenido así desde entonces, mujeres que buscan un nuevo modelo de actuación diferente del que propone el mundo occidental y siempre insertado y en armonía con la sociedad islámica. Alí Shariatí y el ayatollah Motaharí siguen siendo los teóricos en que se funda este modelo de mujer y a sus escritos me remiten estas muchachas de la misma manera que hacían mis compañeras de universidad hace casi treinta años cuando estudiaba en Teherán y todavía nadie hablaba de la revolución que, sin embargo, se avecinaba; pero la situación ha cambiado, las jóvenes de ahora ya no son las jóvenes izquierdistas de entonces que fundamentaban su acción en el rechazo a occidente, ahora el debate se centra, partiendo del  islam, en buscar en el espíritu primigenio de esta religión para llegar a una teorización en defensa de los derechos de la mujer considerablemente mermados en las nuevas legislaciones. Hay ansia de debate, y en este debate hay un espacio para las mujeres en la sociedad iraní actual como lo hay para los jóvenes. Las mujeres islamistas parten de la aceptación de la complementariedad de los sexos en el seno de la familia: el hombre debe proveer para mantener a la familia y la mujer cuidar del hogar y de la educación de los hijos. Pero no aceptan la desigualdad civil y penal. De hecho ha habido en Irán un retroceso respecto de los derechos de las mujeres no sólo desde la época imperial sino a partir de los años 90: Se autoriza la poligamia, se promueve el matrimonio temporal, la mujer debe probar la incapacidad del hombre para mantener a la familia u otras incidencias contempladas en la ley para conseguir el divorcio mientras que el hombre puede repudiarla sin más, la custodia de los hijos varones recae en el marido a partir de los dos años y el de las niñas a partir de los nueve, se ha rebajado la edad de responsabilidad civil y penal de la mujer a nueve años (el hombre lo es a los quince), edad en que ya se la considera adulta, pero, por otro lado, siempre se la tiene por menor de edad en algunos aspectos como por ejemplo debe pedir permiso a su padre o a su marido para poder tramitar su pasaporte; respecto a la herencia y al matrimonio la mujer vale la mitad que el hombre.

Mientras estamos en plena discusión y cada vez quedan menos muchachas en la sala de estudio, sale a ver qué pasa una mujer que dice ser profesora de la universidad Al Zahra de Teherán, es Zeinab. Ha venido a este centro a buscar unos datos para una investigación que está llevando a cabo. Le comento sobre la charla que manteníamos con las estudiantes y me dice que desde que la mujer ha entrado masivamente en la universidad y en las escuelas religiosas ha adquirido las herramientas necesarias para poder argumentar y proponer otra interpretación al fiq[2]. Ahora hay mujeres expertas en ley coránica que están al mismo nivel que los hombres más expertos y que buscan sin cesar argumentos para poder cambiar las leyes. En Irán ahora se consiguen las cosas argumentando aunque el camino es largo y complicado, me dice. Durante mi charla con las chicas y mientras ellas preguntaban y apuntaban lo que yo decía, me he dado cuenta del interés que tenían por mis palabras, he visto que saben escuchar, que quieren saber más allá del discurso que reciben en sus escuelas religiosas. Mis respuestas se han centrado en dos aspectos fundamentales: igualdad en lo civil y en lo penal e igualdad de oportunidades en la sociedad que le permita una independencia económica. Me han pedido si considero el hejab[3] necesario para el buen funcionamiento de una sociedad, ante esta pregunta tan ingenua, no sé si me están tomando el pelo o, por el contrario he sido tan prudente en mis respuestas anteriores que he dado pie a ello: el hejab no es necesario y les cuento cómo funciona mi familia, una familia normal, como la suya seguramente, una familia en que las mujeres hace sólo dos generaciones que dejaron de llevar pañuelo pues mi abuela de Burgos lo había llevado durante toda su vida, un pañuelo negro que todavía recuerdo. Cuando se lo comento a Zeynab, la profesora, me explica, -el chador me permite poder argumentar con los hombres estando al mismo nivel que ellos, con el chador sólo el cerebro es el que cuenta, sin él no sería así contarían muchas otras cosas que estarían a la vista. Las muchachas que toman notas me dicen que publican una revista femenina que circula por los medios estudiantiles de Isfahan y que incluirán en ella mi entrevista. Antes de marcharme les pido si me puedo sacar una foto con ellas y no aceptan, es la primera vez que me ocurre. Zeynab me da una tarjeta donde pone Doctora en Historia y me propone una entrevista en Teherán, entrevista que debo posponer hasta el próximo viaje a Irán por falta de tiempo.  Las estudiantes regresan al interior del edificio junto con Zeynab y cuando ya estoy caminando por el jardín en dirección de la puerta de reja me alcanza una muchacha cuya elegancia me sorprende, nunca había visto un modelo islámico tan elegante ni una chica que resultara tan atractiva enfundada en toca y chador. Viste un traje de chaqueta de corte impecable azul marino con finas rayas blancas de pantalón y levita entallada; calza botín de tafilete azul oscuro con un pequeño tacón, y en la cabeza lleva de color azul lapislázuli un maqnaeh, la toca monjil, que destaca sobre el traje oscuro de rayadillo y bajo el negro chador de crêpe de Chine. La joven es guapa sin discusión y se las arregla para dejar ver debajo del manto lo entallado del traje. Miro a los chicos barbudos que salen con sus bicicletas por la otra puerta del jardín y no veo a ninguno que esté a su altura. Me mira a los ojos y se presenta, esta chica pisa fuerte pienso enseguida, estudia derecho en la universidad. Procede de una familia religiosa de Isfahan que ha aportado clérigos importantes a las madresés de la ciudad. Me comenta que en Irán las mujeres no pueden ser juez y que ella luchará por conseguirlo. La felicito de todo corazón, seguramente tiene muchas posibilidades para conseguirlo: una familia influyente, una buena educación, una madre también educada que la apoya. Me despido de ella y le deseo que su sombra llegue a ser grande y nunca encoja, me mira sorprendida, me sonríe pícara y se vuelve como una reina.

Sigo en mi silla apoyada al tronco de la morera, Abbas ya no asoma por la ventana, debe haber terminado de lavar los platos y estará por arriba plegando y desplegando alfombras como de costumbre, todo está tranquilo y en orden como diría Haggi Bâbâ. Me entretengo contemplando la bicicleta y su sombra en la pared de la tapia y cierro de nuevo los ojos para adentrarme en el recuerdo de otra mujer iraní, mi amiga Mitra, la que me acompañó a visitar el cementerio de Teherán hace unas semanas. Me gusta su nombre procedente de la mitología zoroastriana, igual que Anahita, y reflexiono sobre los nombres de pila en Irán. Según el nombre de una persona se puede intuir de qué familia procede, si religiosa o laica, si ligada al islam o por el contrario admiradora de la cultura milenaria de Persia. Durante la época Pahlavi y entre la clase media iraní se pusieron de moda los nombres de antiguos reyes persas, como Shapur, Dariush, de dioses y diosas del panteón zoroastriano como los que he mencionado, de héroes del Shah-nameh, poema épico del gran Ferdowsí, como Rustam. Con la Revolución estos nombres no estaban bien vistos y, en cambio primaban los de los imanes shiís como Alí, Hossein, etc. Después de esta digresión vuelvo a Mitra una mujer moderna. Vive en el norte de Teherán, en una casa construida después de la revolución, con todos los adelantos de la técnica. Es la segunda esposa de un iraní divorciado, ingeniero, que estudió en Europa y que tiene negocios en diferentes partes del mundo. El matrimonio no tiene hijos aunque sí hay hijos del primer matrimonio del marido, casados y a su vez con niños todavía muy pequeños. Mitra había sido estudiante de izquierdas en el instituto y fue azafata de vuelo durante unos años antes de la Revolución. Es una mujer delicada, de un gusto exquisito, que procede de una familia con educación y cultura.  Parte de su familia vive en el extranjero y ella viaja con frecuencia a visitarlos o acompaña a su marido en sus salidas de negocios. Mitra es la relaciones públicas de su marido, un hombre mayor que ella, culto, abierto y expansivo, que habla a la perfección varios idiomas, al que le van bien los negocios y que además sabe disfrutar de la vida. Tiene en Teherán un despacho perfectamente decorado al estilo occidental con unos acabados impecables y un personal, hombres y mujeres vestidos como en cualquier oficina moderna de Europa. A Mitra le gusta el arte y tiene muchos amigos artistas por lo que decidió cuando se casó y dejó de trabajar en Iran Air abrir una galería de arte. En ella exponen artistas consagrados y también jóvenes valores, pintores y escultores, y tiene un fondo considerable. Mitra hace verdaderos esfuerzos por conseguir tener una vida propia que no sea ir siempre a remolque de su poderoso marido y como una hormiga, procura compaginar una labor con la otra tratando siempre de no crear conflictos entre ellas lo cual no siempre es fácil. Su marido que está enamorado de ella la trata con condescendencia como si le cediera amablemente una parcela de tiempo y un apoyo para que se distraiga y se sienta realizada pero a ella le es difícil hacerse un sitio entre las profesionales del ramo, en el interior del país porque no está alineada dentro de ningún grupo de los que mangonean en museos y despachos oficiales, ni tiene un mártir o un basijí o un ayatollah en su familia, y en el extranjero porque va por libre y sin el apoyo de las autoridades de su país tendría que disponer de un gran capital para sufragar los gastos que la promoción de obras de arte de un país como Irán representa. Sin embargo hace unos días me invitó a una cena que organizó en mi honor en su casa de Teherán por lo cual tomé el avión y me desplacé por una noche a aquella ciudad. En su piso triplex o cuadrúplex cuyo ventanal en el nivel más bajo se abre sobre una vista de la capital impresionante pues la casa tiene a la ciudad a sus pies, dispuso de un bufet y tres mesas de ocho cubiertos cada una situadas en sendos niveles. Los muebles son de anticuario, las alfombras cuidadosamente escogidas por su calidad y su extrañeza, los cuadros que penden de las paredes de los más renombrados artistas del país, entre los cuales pinturas de Sohrab Sepehrí, el famoso y muy querido poeta y también pintor iraní que falleció hace ya unos años, la señora Darrudí, una artista que ya era cotizada en tiempo del antiguo régimen y muy apreciada por Farah Diba. En una pared y enmarcados están los contratos de matrimonio de una serie de generaciones de su familia. En otra, fotografías de sus abuelos y bisabuelos en color sepia con marcos ovalados, vestidos como cualquier familia europea de buena posición. En otra pared una colección de caligrafías extraordinariamente bellas. Y por los rincones y al pie de las escaleras que permiten el paso de un nivel al otro del piso, esculturas modernísimas hechas con hierros reciclados del escultor Iasé Tabatabaí y obras de otros escultores que no conozco.

A la cena asisten amigos de la pareja, industriales, científicos, escritores, un cirujano plástico y artistas. En mi mesa se sientan Mitra (su marido está en otra mesa dos niveles más arriba animando el cotarro de las alturas donde se les oye reír), un experto en ordenadores, personaje de aspecto inconfundible por su larga barba gris, que trabaja medio año en Sylicon Valley y medio año en Irán y su esposa una mejicana vestida de rojo con un profundo escote; la señora Iran Darrudí, cotizada pintora que vive a caballo entre París y Teherán, mujer de carácter fuerte y que está más allá del bien y del mal fumando cigarrillo tras cigarrillo y hablando con su voz de cazalla, orgullosa y difícil de carácter que puede ser terrible si alguien le cae mal, el profesor de español de Mitra, un joven radical muy crítico con el régimen, y el médico de cirugía estética que han sentado a mi lado no sé si como indirecta y que me dice que ha operado a la mayor parte de las asistentes a la cena, también la señora... ingeniera industrial y profesora en una escuela técnica de Teherán, experta en alfombras sobre las que ha escrito muchos libros publicados en Irán. En la cena hay vino y se sirven canapés de caviar supongo que en mi honor porque en Irán no es costumbre comerlo, solamente se exporta. En este momento me admiro al estar viviendo una situación tan diferente a la que acostumbro a vivir en Isfahan. Al finalizar la cena converso con una pareja joven muy moderna, él es escultor y ha ganado un premio en Viena este año. Ella me dice que es economista y trabaja en un banco, viven del trabajo de ella pues él todavía no se gana la vida con sus esculturas y han conseguido una casa fuera de la ciudad donde los precios son más baratos y los espacios más grandes pues él necesita un estudio espacioso. Ella va elegantemente vestida y me la imaginaría mejor en Wall street con traje de chaqueta y zapato de tacón que en Teherán con abrigo y pañuelo como supongo que va, él lleva un traje gris de solapa muy pequeña, polo de hilo en vez de camisa y lleva el pelo cepillo tieso y engominado. Metidos en esta burbuja sofisticada nadie diría que estamos en la República Islámica de Irán, tampoco nadie se queja de la situación, simplemente se conversa, se bebe, se come, como si lo de fuera no existiera, es como el cuento de la cenicienta, cuando termine la noche se romperá el encanto, desaparecerán los preciosos vestidos de fiesta y amanecerá un nuevo día con las mujeres de uniforme yendo al trabajo. Estoy obnubilada como obnubilada está Fariba, la hija de unos amigos que me ha acompañado. Es una joven de veintinueve años que trabaja como secretaria en una empresa del norte de Teherán. Había estudiado filología francesa en la universidad pero ya no se acuerda de nada pues el trabajo que hace no tiene nada que ver con esta lengua. No tiene novio y le es difícil conocer chicos con quienes  salir, es una muchacha dulce y triste que se aburre en su casa, todavía vive con su familia y no ve que en un futuro próximo esto pueda cambiar. La cena de hoy según me ha dicho ha sido para ella como un cuento de hadas. La han puesto en la mesa con los más jóvenes y la han agasajado.

Marian, Anahita, Zeinab, Mitra y Fariba y, también yo, mujeres en busca de sí mismas, de su lugar en la sociedad y de su parcela de felicidad.

[1] Los doce Imanes de Ahl-ul Bait (la gente de la casa del Profeta), los guías del shiísmo duodecimano descendientes de Mahoma a través de su hija Fatmâ.
[2]
Derecho canónico islámico.
[3]
Velo islámico.

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Relaciones diplomáticas entre España e Irán en el siglo XVII Autora, Ana Mª Briongos, para el Congreso de Iranología, Teherán 2004.

En una ocasión, mientras disfrutaba de un té reparador en la penumbra del local medio museo, medio casa de té, medio circo, asentado en lo que había sido el gran depósito de agua del bazar de Teherán, el “ab ambar”, un espacio grande y subterráneo al cual se accedía desde la calle a través de unas escaleras estrechas que se hundían en la oscuridad, presencié una escena que me sorprendió por lo familiar que me resultaba.

El espacio era lóbrego, el techo altísimo, hileras de columnas formaban un bosque de piedra perfectamente organizado. De las paredes colgaban, hasta una altura humana, cuadros con personajes de la época Qajar y multitud de objetos, antiguos y modernos distribuidos sin orden ni concierto. Había mesas iluminadas con candelabros de tulipas de cristal aquí y allá y, en algunas de ellas, mujeres adivinas leían la buenaventura. Un par de muchachos todavía imberbes hacían juegos de manos y malabares para distraer a los visitantes. El más joven se acercó a nuestra mesa, se sacó del bolsillo un cuadrado de tela del tamaño de una servilleta, lo dobló por la mitad, plegó las puntas hacia adentro, enrolló la base, volvió a plegar, desenvolvió el hatillo girando sobre la punta superior hasta que aparecieron de nuevo las dos puntas laterales esta vez una a cada lado de un rollo prieto de tela. Con una de esas puntas consiguió hacer dos apéndices u orejas y la otra sería la cola de un animal que yo había visto preparar como por arte de magia a mi padre cientos de veces durante mi infancia y que mi hermano y yo identificábamos con un conejo. Mi sorpresa creció cuando vi que el muchacho colocaba el animal sobre las yemas de los dedos de su mano derecha, y al acariciarlo suavemente con la izquierda, el animal de trapo daba un salto rapidísimo como si intentara escaparse. El muchacho lo alcanzaba, lo colocaba de nuevo sobre su mano cóncava y volvía a acariciarlo para que volviera a saltar. Parecía un conejo vivo. Todo, incluso los gestos que hacía el muchacho del depósito de agua de Teherán, eran exactamente los mismos que hacía mi padre que procedía de un pequeño pueblo de Burgos, perdido en el centro de España. El chico se esfumó engullido por la oscuridad y cuando quise darme cuenta para preguntarle dónde había aprendido esa habilidad de domador de animales de trapo, había desaparecido. Pedí por él y ya no estaba. Regresé al “ab ambar” un par de veces y nunca lo encontré. Alguien me dijo que formaba parte de una familia de titiriteros de Isfahan que estaba de paso.

¿Llegaría este juego a España desde Persia? ¿O quizá hizo el camino contrario? Me he pedido desde entonces infinidad de veces. Debió pasar de un país al otro hace muchos años. Quizá lo trajeron los árabes como tantas cosas que a través de ellos llegaron a España desde la lejana Persia. Quizá llegó en épocas no tan lejanas llevado por algún viajero anónimo y juguetón. No sé de ningún persa que visitara el pueblo de Burgos ni los pueblos cercanos, como mínimo en los últimos ciento cincuenta años puesto que allí todo se sabía y, ni mis abuelos, ni los más ancianos del pueblo, tenían noticia de ello. Tampoco sabían de ningún persa que se acercara por sus tierras. Sí se sabía, en cambio, que un vecino listo se fue a Chicago y llegó a ser guardaespaldas de Al Capone o que fulano y zutano emigraron a Cuba.

Cuando reencontré hace poco la historia de Don García de Silva y Figueroa gracias a una conferencia que debía dar el profesor Luis Gil de la Universidad Complutense de Madrid en el SOAS de Londres busqué otra vez en mis notas antiguas y volví a la Biblioteca de Catalunya a releer los Comentarios de Don García de Silva y las Relaciones de Don Juan de Persia  puesto que en mi imaginación calenturienta prefería pensar que el juego llegó o partió en el siglo XVII, a través de unas embajadas que intercambiaron los reyes de ambos países, cuando en Irán reinaba el gran Shah Abbas I y en España el débil y desorientado rey Felipe III (II de Portugal) En aquel tiempo el poder de ingleses y franceses aumentaba mientras el poder español empezaba su decadencia. Los países europeos luchaban por razones políticas y religiosas en la conocida Guerra de los treinta años. Jaime I (1566-1625) reinaba en Inglaterra. En Francia lo hacía Luis XIII (1601-1642) con la ayuda del Cardenal Richelieu. En Rusia ocupaba el trono el primer Romanov, Miguel (1598-1645) René Descartes (1596-1650) escribía “El discurso del método”, Francis Bacon (1561-1626) se daba a conocer por sus ideas sobre la manera en que la ciencia moderna descubre y trata las leyes de la naturaleza. Rubens (1577-1640) de Flandes era distinguido por el rey inglés y Velázquez (1599-1660) era el pintor de la corte Española. Rembrand, en Holanda, empezaba a pintar. En Constantinopla construían la Mezquita Azul, la más grande y hermosa del mundo. En Italia Monteverdi componía Orfeo, considerada la primera ópera moderna y Galileo (1564-1642) aseguraba que la tierra gira alrededor del sol. En 1605 se publicó el Quijote por primera vez y en Inglaterra Shakespeare se daba a conocer con sus obras de teatro. Los tribunales de la Inquisición seguían funcionando.

En Persia el poderoso Shah Abbas el Grande (1557-1629) reinaba en un territorio que abarcaba desde el Eufrates hasta el Indo. Había tenido su trono en Ghazvin y acababa de trasladarse con toda su corte a Isfahan donde emprendería grandes obras para mejorar la ciudad y convertirla en una de las ciudades más hermosas del mundo.

Don Juan de Persia, nombre con el que firma su manuscrito, se llamaba en Persia, su país de origen, Ulug Beg. Era un funcionario de la corte y acompañó al embajador persa en su misión diplomática a los países europeos. Ulug Beg nunca regresó a su país.

Según cuenta D. Juan de Persia en el Libro III de su Relación, estaba el Shah Abbas pacífico y ufano con tantos éxitos y victorias sobre los turcos que pensó en preparar una embajada para el rey de España para tratar, entre otras cosas, del futuro de las colonias portuguesas en el Golfo Pérsico, entre las que estaban el reino de Ormuz y la isla de Quesm. En este tiempo llegó a Isfahan un inglés, Don Antonio Shirley, que decía ser primo del rey de Escocia, amigo de reyes y enviado por estos con la intención de convencer al rey de Persia para que se confederase con ellos para luchar contra el turco, como enemigo común a todos. También llegaron dos frailes portugueses que acabaron de convencer al Shah de la necesidad de la embajada. Shirley aconsejó al rey persa que dicha embajada debía visitar también a los demás reyes europeos y al Papa. Así se decidió al fin.

La embajada compuesta por el embajador Uzen Ali Bec y cuarenta y dos personas entre los que se encontraban D. Antonio Shirley y los dos frailes portugueses, partió hacia Tartaria y Moscovia en 1599, con baúles llenos de regalos para los reyes europeos. Durante el viaje tuvieron riñas y altercados con el inglés pues desapareció uno de los frailes portugueses desaparición asesinado probablemente por Shirley según apunta  D. Juan de Persia y también perdieron los baúles con los regalos, encomendados por el inglés a unos mercaderes, por lo que llegaron a Roma tan escurados que el mismo Papa tuvo que prestarles dinero para seguir viaje hacia España, su último destino. En el momento de emprender ese viaje los ingleses también habían desaparecido. En Valladolid donde estaba entonces (1601-1606) la corte española fueron recibidos por Felipe III. Allí permanecieron durante dos meses. Visitaron El Escorial, Toledo, Aranjuez entre otros lugares y cuando el embajador decidió partir hacia Persia Ulu Beg y otros miembros de séquito persa decidieron quedarse para lo cual tuvieron que convertirse al cristianismo pues en España el rey Felipe III acababa de expulsar a los moriscos y la Inquisición era una máquina incombustible.

D. Juan de Persia escribió en castellano, con ayuda, las peripecias de la embajada y dedica los dos primeros libros de su “Relación” a Persia, su historia, su geografía y sus costumbres.

Como contrapartida para “cumplir con la embajada que el persa nos ha  enbiado” partió hacia Persia en 1614 D. García de Silva y Figueroa, geógrafo, hombre culto muy interesado por las antigüedades, en una misión a la vez política y comercial, como dice el profesor Luís Gil, para tratar de la expansión de Abbas I en el Golfo Pérsico y observar de cerca su relación con los ingleses de cara a mantener el monopolio comercial portugués en Hormuz y con la intención de que “el persa persevere en la guerra contra el Turco para que (éste) no progrese en el Mediterráneo”. Don García escribió unos Comentarios en tercera persona donde dice que “en 1599 había venido como embajador del sofí, Uzen Ali Bach, en compañía del célebre D. Juan de Persia” y también comenta que “en 1608 llegó a España un aventurero inglés llamado Roberto Shirley (hermano de Antonio) quien decía ser embajador de Persia” el cual ya había visitado las cortes de Rusia, Polonia y Roma cuando llegó a España. Silva no llegó a su destino hasta 1617 después de un azaroso viaje en el que tuvo serios problemas con los portugueses e incluso pasó un tiempo detenido en Goa. Durante este intervalo de tiempo los hermanos Sherley seguían con sus embajadas desautorizando a Silva. El embajador español ya en Isfahan donde fue bien recibido, no consiguió sin embargo ninguno de sus objetivos y fue el centro de burlas y risas por los cortesanos y embajadores debido falta de interés en los placeres de la corte atribuidos a su avanzada edad. Silva partió de Isfahan en 1619 y su viaje de regreso, otra vez lleno de dificultades, no concluyó hasta 1624 aunque él falleció al desembarcar en Lisboa.

A pesar del fracaso de su embajada Silva dejó sus Comentarios en los que detalla, como escribe el profesor Luís Gil, “día a día todo lo que observa, con la exigencia de un geógrafo, un naturalista, un etnólogo, un historiador y un anticuario, lo cual hace de su trabajo una fuente histórica significativa del Irán safavida”.

Don Juan de Persia y otros miembros de aquella embajada se quedaron en España, quizá algún criado del séquito de Don García de Silva echó raíces en Irán. Todos ellos debieron enseñar juegos y costumbres de sus respectivos países a sus hijos, amigos y vecinos, aunque yo no he encontrado relación de ellos en los manuscritos.

Mi padre falleció hace años, mis tíos también han fallecido. Del juego del conejo saltarín solo se acuerdan mis primos los más mayores. Los primos jóvenes no lo han visto nunca, ni siquiera saben que el arte de crear y domar conejos de trapo existió una vez en el pueblo de sus abuelos, un pueblo perdido en el centro de España, donde ellos ya no viven. ¿Habrá desaparecido también en Irán?, me pregunto. Si no lo ha hecho lo hará pronto empujado por el imparable curso de la Historia, de la mano del progreso y sus juguetes mecánicos.

Bibliografía

Ulug Beg, Juan de Persia, Relaciones de D. Juan de Persia dirigida a la Majestad Católica de Don Philippo III Rey de las Españas y señor nuestro, Real Academia Española, Biblioteca Selecta de Clásicos Españoles, Madrid 1946, con prólogo y notas de D. Narciso Alonso Cortés.

Silva y Figueroa, García de. Comentarios de D.... de la Embajada que de parte del Rey de España Don Felipe III hizo al Rey Xa Abbas de Persia. Sociedad de Bibliófilos Españoles. Madrid 1903-1905.

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